5 Abr, 2017
por Nina Menocal

NinayJuana

Ahí en la sala, desplegadas sobre las paredes, estaban las obras de Juana. Los cuadros, abstracciones geométricas, a veces en blanco y negro, a veces en colores. Todos con hojitas de papel reciclado. Una olla enorme también pintada en papeles de colores sobre la cama.  Fue extraordinariamente emocionante entrar en aquel cuarto en el medio del campo, en ningún lugar del mundo. Por la puerta abierta veíamos la casita de Juana, sus gallinas y perros jugando, el burro solitario mucho más lejos, las montañas atrás. Se respiraba el aura de esa mujer voluntariosa, ambiciosa, que se hizo artista.

¿Si sabe qué tipo de arte está haciendo? Tiene idea del arte contemporáneo porque lo ha visto en las revistas. Pero el mío no he encontrado como calificarlo, cómo meterlo, dice. No lo copié de ningún lado, salió de adentro.

La exhibición en la galería nina menocal, que se inaugura el próximo miércoles 26 de abril, incluirá una instalación de esculturas pintadas (ollas intervenidas) como propuesta de la curadora Paloma Porraz y un video sobre El Universo de Juana, obra de la curadora Nancy Ramírez y de la videasta Anabel Becerril.

Juana vive y trabaja en el Rancho Las Águilas, en la casa aislada de la región montañosa del noreste del Estado de Michoacán, donde nació hace 64 años. Para llegar al mercado del pueblo de Tlalpujahua hace dos horas a pie y otras dos para regresar. Vive con su hermano mayor José del Carmen, artesano,  y con sus animales de granja. A los 19 años y habiendo estudiado solo dos años de Primaria, salió de su hogar con un grupo de misioneros a conocer el país. A los 40 llegó a una residencia en la Ciudad de México.

Fue niñera, y, cuando pudo, aprendió de los libros en la biblioteca. En las noches se había acostumbrado a sus creaciones; primero trabajó con polvo de flores sobre cartulina o  triplay. Usaba las flores que se recibían en la casa, las cajas de los regalos y postales. Más adelante compró bastidores y se dedicó a hacer sus primeras obras en papel recortado de revistas tiradas.  ¡Nacía la artista en el 2005!

Años después regresó a la casita en el campo para, en la soledad y en la naturaleza, desarrollar sus ideas y emociones en el arte abstracto. Autodidacta, inteligente, sensible y con locura trabaja sus obras sobre diferentes soportes.

La conocí a través de mi amigo Manuel Arango. Se había enterado del proyecto de Juana en una de esas casualidades de la vida. Ella le enseñó una pieza y él compró varias. Le parecieron muy hermosas, más aún cuando llevan esa energía de la fantástica historia sobre quién es Juana.

Quise ver las obras, propiedad de Manuel y su familia, y cuando llegaron a la galería, llamé enseguida a las curadoras Paloma Porraz y Nancy Ramírez. Pedimos encontrarnos con la artista. Así fue como hace unos meses hicimos la excursión a Tlalpujahua, nombrado “Pueblo Mágico” por su riqueza arquitectónica y pasado prehispánico y colonial.  Juana nos llevó a caminar por las calles empedradas y a la parroquia de San Pedro y San Pablo, donde se venera a la Virgen del Carmen. Después nos fuimos hacia el Rancho Las Águilas en una Suburban rentada de tracción 4 x 4 para poder subir veredas con rocas y empinados. Caminamos parte del paisaje hermoso de las montañas de Tlacotepec.  No había nadie. Solo nosotros y algunas vacas, precipicios y al fondo los riachuelos donde corre el agua cuando llueve. Todo era verde: robles, encinos, pinos, sabinos.  A lo lejos, en el sur, se divisaba la presa de Santa Teresa; las nubes y el perfil de las montañas nos envolvían de inmediato al cielo azul.

Juana estaba feliz mientras nos explicaba porqué “pintaba”. Ella denomina pintura a los dibujos sobre tela y a los objetos que cubre con papeles, como las ollas. La abstracción la entiende como estallido de lo que trae adentro, de su espiritualidad peculiar.  Nos dijo que trabaja hasta muy tarde en las noches porque quiere expresar “quien soy yo”. Durante el día se ocupa de los animales, el gato y los pollos se le escapan corriendo a cada rato.

La casa de Juana tiene 100 años, son tres cuartos de adobe con tablas de madera y tejas. Cuando ella regresó solo vivía ahí José del Carmen. Juana, con la ayuda de él, se puso a construir las dos cabañitas aledañas, diseñadas por ella, y con paredes en vara de flor blanca, forradas por dentro con tierra. Los muebles de los dos pequeños cuartos también son preciosos, las cabeceras de la planta vara de flor y troncos de árbol como mesas. En su habitación se encuentra un Cristo: el cuerpo es una raíz que ella recogió en la cañada y colocó sobre otra raíz que hace la cruz.

Además construyó una “sala” en un montecito más arriba; ahí -donde estaban las obras expuestas- comimos mole hecho con metate. La sala sirve también para dormir, de hormigón y techo de losa. En la base de los bloques  y todo alrededor habían botellas vacías de vinos de Burdeos y champagne. En una mesa esquinada la colección de envases de perfumes vacíos. Estos elementos decorativos son importantes en su trabajo, objetos recogidos de la basura que pueden volver a ser utilizados, aunque solo sea decoración para el latido con que vive.

Y así es como, nacida en las montañas y sin título alguno, una descendiente de campesinos se convierte en artista.

Ciudad de México
9 de marzo, 2017